Cada año, cuando comienza el Carnaval, no falla: alguien suspira, o hiperventila y suelta un «esto ya no es lo que era». Frase universal, mantra del carnavalero de toda la vida, y un sello de calidad del nostálgico de pro. Sin embargo, ¿realmente lo era?, ¿lo era? O quizás, ¿lo vivimos diferente porque teníamos menos ralentí, menos achaques y más gasolina en el cuerpo?
La nostalgia es cómoda, nos envuelve como un disfraz viejo, de estos que han estirado y que ya no aprietan, pero que tampoco deja moverse con libertad. Nos hace recordar lo bueno y borrar lo incómodo. Por eso, cuando alguien resopla un «antes el Carnaval era más……», en realidad lo que suele querer decir es: «antes yo aguantaba más, antes hasta el agua de los floreros y lo que quiera que sonara a las 4 o 6 de la mañana era auténtico».
Si el Carnaval no cambia, muere (pero, tengo noticias nosotros seguimos acumulando años)
Si algo ha convertido al Carnaval en lo que es, es su capacidad de adaptación. Cada década ha tenido su sello: más o menos normas, más o menos transgresión, más o menos orden, seguridad, más gente, más redes, más postureo, más negocio… Y aunque nos duela, los cambios no van a parar solo porque a algunos nos gustaría retroceder a cuando los disfraces eran más caseros y no todo se grababa con un móvil.
Lo cierto es que el Carnaval que recordamos con tanto cariño tampoco era perfecto:
«Antes todo era de noche»… porque tampoco importaban tanto los excesos.
«Antes las murgas cantaban mejor»… pero no nos seguían tanto.
«Antes no había tanta gente»… pero tampoco tantas oportunidades de disfrutarlo de diferentes maneras.
El problema es que el orgullo de haber vivido otro Carnaval hace que nos anclemos a una versión idealizada. Creemos que lo pasado fue mejor porque era nuestro Carnaval, el que disfrutamos cuando no teníamos que medir las resacas en días.
Lo que ha cambiado y lo que no
Hoy, el Carnaval es más grande, más diverso, más organizado y con más plataformas de difusión. No se vive igual que hace 20 o 30 años, ni siquiera que hace 10. Algunos cambios han sido positivos, otros discutibles, pero de lo que no hay duda es de que sigue siendo un fenómeno masivo que transforma ciudades enteras y personas, por momentos o para siempre. Dímelo a mí, que nunca he vuelto a ser la misma.
¿Más o menos gente? Más. Y en todas partes. Lo que antes eran zonas de baile aisladas, ahora son circuitos organizados desde el Orche hasta la Avenida Anaga. ¿Más o menos improvisación? Menos. Y esto es lo que más le duele a la vieja guardia. Los tiempos de «salimos sin plan y acabamos pasándolo increíblemente bien» siguen existiendo, pero ahora están rodeados de eventos y conciertos programados, y una industria que mueve millones. No es malo, pero sí diferente. ¿Más o menos espíritu carnavalero? Depende. Para algunos, el Carnaval se ha convertido en un escenario de fotos y postureo. Para otros, sigue siendo la excusa perfecta para ser lo que quieran por unos días. La esencia sigue ahí, pero camuflada entre filtros de Instagram y prejuicios que aparcamos unos días. ¿O libertad?

La trampa de la nostalgia
Cuando alguien dice «el Carnaval ya no es lo que era», quizás lo que debería preguntarse es: ¿lo es para quién? Porque cada generación tiene su Carnaval. El de ahora no es peor, simplemente es el de otra gente. Y eso no es malo, es la vida.
Si el Carnaval volviera exactamente a lo que fue en los 80’ o 90’, ¿qué pasaría? ¿Nos encontraríamos con la fiesta que recordamos o con una versión que ya no sabemos vivir? La nostalgia juega malas pasadas, y lo que una vez nos hacía vibrar, ahora nos parece incómodo, caótico o agotador. Y si ninguna de estas tres, algo sí raro.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos resignamos a la queja eterna o aprendemos a encontrarle el gusto al Carnaval de hoy? Porque de algo sí podemos estar seguros: el Carnaval seguirá cambiando. Lo único que no va a pasar es que nosotros rejuvenezcamos con él.
Conclusión, bailar con el cambio o verlo pasar
El Carnaval es como un disfraz bien llevado: se adapta, evoluciona y cada año busca sorprender. Podemos elegir entre aferrarnos a la nostalgia o aprender a disfrutarlo en su versión actual.
Así que la próxima vez que alguien diga «antes era mejor», quizás la mejor respuesta sea: «antes era diferente… pero, ¿tú sigues bailando igual?».





