La Final del Concurso de Murgas del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife no fue plana, pero sí extraña. Avanzó entre momentos de desconexión, algún espejismo de euforia y un tramo final que volvió a elevar el pulso del recinto. Y, sin embargo, lo verdaderamente importante no ocurrió sobre el escenario, sino después.Porque esta final dejó algo más que premios. Dejó una pregunta abierta que aún se repite y resuena: ¿está cambiando el concurso… o estamos confundiendo cambio con ruptura?
El impacto: cuando el “efecto guau” entra en juego
La noche ofreció uno de los espectáculos más sorprendentes que se recuerdan en una final de murgas. Puesta en escena, coreografía, atrezzo, recursos técnicos y la presencia de artistas canarios de primer nivel del panorama nacional elevaron el listón visual y emocional hasta un lugar poco habitual en este concurso.
Durante minutos, la sensación fue clara. Daba igual lo que se estuviera cantando detrás, el impacto era tan fuerte que absorbía toda la atención. El “efecto guau” ganó protagonismo. Y eso, en una final, a veces es lo que queda. Aquí nace la primera grieta del debate. ¿Suma el espectáculo? Sí. ¿Puede eclipsar el mensaje? También.
Y esa tensión estuvo presente durante el resto de la noche. Esa sensación sirvió para medir a Bambones con una perspectiva distinta. Y que vino a dejar claro que se puede mantener la materia prima y la esencia, haciendo un gran espectáculo.
Cuando el mensaje y la forma no caminan al mismo ritmo
Hubo propuestas que apostaron por el contenido, por el discurso, por la letra como eje central. Otras decidieron envolver el mensaje en un formato escénico de gran impacto. Ambas convivieron en la final, en las fases y están en auge en el resto de murgas, pero no todas jugaron con las mismas armas.
Ahí aparece una sensación incómoda para parte del público, la de no estar comparando lo mismo. No porque una opción sea mejor que otra, sino porque el concurso obliga a medir en una misma balanza lenguajes distintos. Y eso genera desconcierto, frustración y debate.
Pretender eliminar la subjetividad del jurado es no entender de qué va esto. Es imposible comparar propuestas tan distintas sin que entre en juego la mirada personal. Es como intentar decidir qué es mejor: Queen, una banda sonora o una canción de Sabina. No hay una respuesta correcta, porque no compiten en el mismo plano. En el concurso de murgas pasa lo mismo: se evalúan lenguajes distintos con una misma hoja de puntuación, y ahí la subjetividad no es el problema, es la herramienta.
Tradición, evolución… y la línea fina
El término “desvirtuar” apareció con fuerza tras la final. Pero conviene usarlo con cuidado.
La tradición no es repetir fórmulas, eso es garantía de obsolescencia. Es mantener una esencia es el “para qué”. Y la murga nació para cantar lo que pasa, incomodar, señalar, hacer pensar o reír desde lo colectivo. Evolucionar no es traicionar esa raíz. Pero evolucionar sin preguntarse qué se está dejando atrás, sí puede romper algo po todo.
La pregunta no es si una murga puede incorporar espectáculo. Siempre lo ha hecho.
La pregunta es qué ocurre cuando el espectáculo se convierte en el centro y la murga en el acompañamiento. Y esa pregunta no es un ataque ni una ofensa. Es una reflexión necesaria para hacernos, el público, las murgas y quienes organizan su espacio de actuación, es decir, la organización.
El respeto como parte del Carnaval
Cantar en una final es un privilegio. Ganar o perder forma parte del juego. Faltar al respeto no debería formar parte del Carnaval.
Quien sube a recoger un premio no merece cargar con la frustración de otros. Quien no gana no ha fracasado. El respeto que se exige a los grupos también debe exigirse al público. No es una cuestión de murga. Es una cuestión de convivencia.
Evolución, involución y lo que dicen (y no dicen) las bases
Si hablamos de evolución o desvirtuación del formato, hay un punto de partida que no se puede ignorar, que son las bases. Son el único documento que regula qué es y cómo participa una murga dentro del Carnaval. Y, curiosamente, en ellas apenas se habla de la murga como fenómeno de calle. Las obligaciones se centran en el concurso y en la participación en actos concretos como el Coso o la Cabalgata. Nada más. Son bases de participación de una murga en el concurso, dejando una laguna para aquellos colectivos que se quieran inscribir en el Carnaval, sin querer participar en un concurso, que por supuesto les daría más visibilidad.
Durante años no hizo falta obligar a nadie a cantar por las esquinas. Las murgas bajaban, desfilaban, actuaban en escenarios colocados por la organización —a veces incluso dos días distintos— y, entre un punto y otro, la calle era parte natural del recorrido. Se cantaba porque tocaba, porque era lo lógico y porque el Carnaval se vivía así. Nadie lo cuestionaba.
Con el tiempo, ese ecosistema cambió. Las agendas se llenaron de actuaciones contratadas, dentro y fuera de la capital. Las horas disponibles se redujeron a franjas muy concretas, casi siempre nocturnas y condicionadas por el trabajo. Las guaguas ya no podían esperar indefinidamente porque tenían otros servicios que cubrir. Bajar en coche se volvió una odisea por la falta de aparcamiento. El transporte público no permite mover percusión ni atrezzo. Y las esquinas, cuando el grupo por fin podía cantar, ya estaban tomadas por kioscos con música a todo volumen.
A eso se sumó la irrupción del Carnaval de Día, que transformó por completo la experiencia. Desaparecieron las tardes de paseo tranquilo, y los propios componentes —con todo el derecho— quisieron también disfrutar del Carnaval sin la obligación constante de actuar. En el caso de las murgas infantiles, el proceso fue aún más evidente y tiene consecuencias en el presente. Hace más de quince años ya salían poco a la calle, tenían su propio desfile y se evitaba sobrecargar a los niños. Esa generación creció sin vivir ni ver la murga desde la esquina.
Hoy, muchos de quienes lideran o integran las murgas adultas vienen de ahí. No conocieron esa tradición, no la vivieron, no la disfrutaron. ¿Cómo exigir que entiendan su valor si nunca formó parte de su experiencia? ¿Cómo explicar la importancia de cantar a dos metros del transeúnte, sin focos ni atrezzo, cuando nunca lo han hecho? Esa conexión directa, cruda y vibrante, es imposible de describir si no se ha vivido.
El resultado es que las bases no exigen que el repertorio se pueda defender fuera del escenario del concurso. Y eso tiene consecuencias. Las murgas preparan temas pensados para contextos distintos, algunos para actuaciones generales, otros específicamente para la final. Canciones que dependen de vídeos, personajes invitados, efectos escénicos o atrezzo imposible de reproducir en la calle. Cuando todo eso está, la propuesta impacta. Cuando se retira, a veces no queda nada.
Ahí aparece una posible vara de medir que hoy no existe para saber si una canción que funciona desnuda – solo voz, letra, movimiento y percusión – puede enriquecerse con espectáculo sin perder su esencia. Una canción que sin ese envoltorio no se sostiene quizá debería revisarse. Como los trajes de reina que deben pasar bajo un arco o pesarse en una báscula, no para limitar la creatividad, sino para obligarla a ser ingeniosa dentro de un marco.
Otra pregunta, entonces, no es si el formato está evolucionando o desvirtuándose. La pregunta es si las bases acompañan esa evolución o la dejan a la deriva. Porque cuando no hay reglas que cuiden la esencia, cada paso adelante corre el riesgo de convertirse, sin quererlo, en un paso atrás.
¿Y ahora qué? El concurso, la competición y el ego
Ahora toca parar un segundo. Respirar. Y entender que lo que ha ocurrido en esta final no va solo de un primer o segundo premio. Va de personas, de expectativas, de tradición y de cómo gestionamos la competición cuando entra en juego algo que sentimos tan propio.
Un concurso no es neutro. Activa la competitividad. Y la competitividad despierta ego, orgullo, miedo y necesidad de reconocimiento. Cuando una murga gana, siente que valida meses de trabajo. Cuando pierde, puede sentir que todo ese esfuerzo no ha servido.
Aunque la murga sea una entidad colectiva y no una personalidad, esa validación o frustración no la siente un nombre, la sienten las personas que lo conforman. Y ahí entra en juego algo clave que pocas veces se analiza, el liderazgo interno. Cómo se explica el resultado, qué relato se construye puertas adentro y cómo se acompaña al grupo tras un fallo marca la diferencia entre crecer o enquistarse en la herida y el dolor. Algo que tiene muchas posibilidades de convertirse en una estrofa de su repertorio para cantarle a un público o jurado que, en muchas ocasiones, está fuera de juego.
En otros ámbitos competitivos, como el fútbol profesional, perder forma parte del proceso y existen herramientas para asumirlo sin entrar en barrena. En las murgas, donde la implicación emocional es tan intensa como la artística, ese aprendizaje sigue siendo una asignatura pendiente. Igual desde la organización podrían aportar a los grupos, además de cubos de pintura para arreglar sus ya desgastados locales, algunas herramientas de liderazgo, como lo hacen con emprendedores o comerciantes. Se trata de crecer y sumar.
Desde ahí se entienden muchas reacciones. El grito de “tongo” no suele nacer de un análisis frío del fallo, sino de la dificultad para gestionar la frustración colectiva cuando el resultado no coincide con la expectativa. No es tanto una acusación al jurado como una expresión de dolor, de incredulidad o de orgullo herido. Pero convertir esa emoción en una deslegitimación pública del proceso no repara la herida, ni hace que te duela menos. La agranda. Y, sobre todo, desplaza el foco del trabajo realizado hacia un enemigo externo que no siempre existe. Esto habla de la dificultad que tenemos, como sociedad, para aceptar que evaluar no es rechazar personas. Esto no justifica nada, pero explica mucho.
El debate sobre si el concurso está cambiando, si la murga evoluciona o se desvirtúa, seguirá ahí. Y es sano que esté. Pero quizá convenga recordar que la tradición no es un objeto frágil que se rompe al tocarlo, ni una reliquia que deba conservarse intacta. La tradición vive cuando se entiende su esencia y se adapta sin perderla.
Las bases del concurso marcan un marco, no una identidad. El resto lo construyen las murgas, el jurado, el público y el tiempo. Y ese equilibrio no se resuelve en una noche, ni en una final.
Así que, ahora toca seguir cantando. Afinando. Pensando. Discutiendo con respeto. Y, sobre todo, recordando por qué empezaron a salir las murgas y para qué. Para decir lo que otros no decían, para reírse del poder y de sí mismas, y para encontrarse con la gente, no contra ella.
El Carnaval no se decide en un acta. Se escribe, año a año, entre todos.




