En el tapiz social, sobre el que dibuja el sentir chicharrero, quedarán por siempre, y fuertemente entrelazados, los recuerdos de una amplia nómina de vecinos que, debido a su generoso quehacer y a su inquebrantable alegría, ha hecho grande nuestros rasgos de identidad. No nos cabe la menor duda de que Esteban Reyes Melián forma parte de esa pléyade de santacruceros que, desde la sencillez, ha ennoblecido el rasgo compartido.

Al evocar su recuerdo no podemos ocultar que se impone el afecto ante el intento de describirle. Su reciente partida obliga aceptar que se nos ha privado de contar con la ingente cantidad de referencias que era capaz de ofrecernos en respuesta a una simple llamada de teléfono. En el aderezo de su vida supimos que desde pequeño conoció el valor del esfuerzo, pues, cuando el trabajo irrumpió en el marco abierto de sus juegos, tuvo el ardid de encontrar un sendero que directamente le permitió encauzar y compartir la alegría. El entramado callejero de El Cabo nunca perdió brío entre la ingente suma de vivencias que, al paso de los años, iría atesorando. Transitaba en la memoria por el patio vecinal de El Palacio y de otras ciudadelas, por las calles de San Sebastián, el Humo, del Molino Quebrado, de las Panaderas, las Tahonas…Revivía sus recorridos por Los Llanos, el nadar junto al Matadero, saltar los muros del Castillo Negro, para entre callaos permanecer observante ante el quehacer de pescadores y cambulloneros.
Para la mayor parte de los santacruceros, atentos a la llamada del Carnaval, Esteban Reyes ocupa un lugar de referencia indiscutible entre los incondicionales, los que aceptan de buena gana la mayor carga de esfuerzo, la que solo se entiende con la mirada cómplice del apoyo. Le reconocemos por su sentir comparsero, cauce alegre al que llegó desde el aliento vecinal de las parrandas, entremezcladas con el ingenio chispeante de las máscaras que estaban dispuestas a burlar prohibiciones…En los escasos momentos de asueto que dejaba el pulso del abasto en La Recova, se medían las fechas que restaban para llegar al dionisiaco carnal, reparando en su efecto balsámico para ahuyentar pesadumbres. Su amigo, vecino y cuasi familia Manolo Monzón, de los Aburriones, lideraba con simpar ingenio lo que entonces era una bulliciosa idea, que dio paso a Los Rumberos. Esteban, con sus cuatro her- manos, era de la familia de Los Burros y la invitación de Monzón le llevó a sumarse al grupo ya consolidado donde, con pito avizor y junto a su esposa, se hizo cargo del baile. Cinco años más tarde y acompañado de Ignacio Vázquez, que pronto creó Los Danzarines Canarios, fundó su comparsa, Los Brasileiros, a la que supo dar estilo propio, sumando voluntades y dando entrega en cuerpo y alma.
Igual que el traslado de la vecindad a la zona alta, la comparsa pasó a ocupar el espacio que le fue asignado en el Mercado de La Salud, recinto que se rebautizará como Centro Cívico Esteban Reyes. Allí, al paso de más de 40 años, se han ido depositando premios y otros recuerdos que son testigos del esfuerzo compartido. Su hija Sandra ha iniciado la tarea de recoger el legado material, que, si el tiempo acompaña, podría ser motor para el resurgir de la comparsa de manos de su hijo Marcos, hoy con 13 años, o de otra de las nietas del fundador, Valentina, con cinco años.
La preocupación de Esteban, quizá su primera regla axiomática, era “no quedar a deber a nadie una perra”. En los últimos años le procuraba la deriva que, en su opinión, han tomado las comparsas, al auto imponerse y normalizar la contratación de profesionales, carga que hacía inviable mantenerlas. No podía entender la profesionalización, cuando él entregaba su tiempo sin medida, en especial desde que finalizó su actividad laboral, la que, por muchos años, ejerció en el toscalero supermercado San Antonio, donde compartía recetas con la clientela y acrecentaba su otra gran afición, la cocina, que le llevaba a preparar desde unas garbanzas a una carne fiesta y, de manera especial, el puchero, con el que reinó durante muchos mayos en el Concurso de Comidas Típicas.
En el corazón de Esteban quedaron grabados deforma indeleble los recuerdos de su ermita, la de San Tel- mo. Junto a otros vecinos, entre ellos Roberto Khouri, promovió, desde el barrio de La Salud, el recuerdo con el paso procesional del santo franciscano que evocaron los mareantes y a la Virgen del Buen Viaje. Las imágenes, custodiadas por la Policía Municipal, retorna- ron al templo original, que abrió sus puertas tras casi tres décadas de ostracismo y abandono. Se convirtió en custodio del santuario y procuró que se recuperaran exvotos y ornamentos. Allí se casaron sus tres hijas, Sandra, Loli y Naira. Supo devolver al lugar su carácter de punto de encuentro, con misas mensuales, y desde la pequeña sacristía acogió las macetas que las vecinas le entregaban: heliotropos, camelias, helechos, jazmines, galán de noche…Quiso recordar las fiestas de su barrio y las unió a las de Mayo, con el Paseo Romero que des- de la Comisión de Fiestas, con el ingenio chispeante de Paco Martel y de Canal 7 del Atlántico, marcó un periodo de apuesta por las tradiciones.
*Este artículo se publicó, por primera vez, en el periódico Mundo de Carnaval, en 2021.





