El origen de nuestras murgas, que al paso de los años han alcanzado una sobresaliente popularidad, ha quedado ampliamente estudiado por Ramón Guimerá, autor de los 75 años dando la murga. Parece innegable que el nacimiento de este cauce de expresión alegre, jocosa y crítica, está en la cuna gaditana y que desde allí se ha extendido, propiciando el avance expansivo por la versátil adaptación que requiere cada zona, acogiendo la identidad de las inquietudes carnavaleras del lugar. En Cádiz señalan que ya se les mencionaba como Chirigotas en las ordenanzas de 1884, pero será bien avanzada la década de los cuarenta del pasado siglo, cuando esa referencia alcance particular entidad, compartiendo con las menciones previas, que igualmente se han mantenido y que se diferencian según el apoyo instrumental y el número de componentes: comparsas, coros, cuartetos…
Las compañías de Zarzuela, a su paso por Canarias en su ruta transoceánica que les llevaba a Buenos Aires, Montevideo o La Habana, dejaron en tierra la huella de su chispa carnavalera. Entre sus repertorios figuraban las comedias musicales que incluían pasodobles de Rafael Peralta, de Genaro Monreal y de otros. En Uruguay citan en 1908 el inicio del arraigo murguero con el conjunto titulado La Gaditana se va, que lo integraban componentes de la compañía de zarzuela de Diego Muñoz y que pronto fue emulado por grupos locales, que supieron adaptarlo, combinando música tradicional y otros estilos entonces en boga como el cuplé, desplegando inusual ingenio en el intento de acercarse a la Comedia de Arte. Surgen de inmediato en el Río de La Plata grupos que expresan desde su propia denominación la intencionalidad humorística que quieren expresar: Amantes al Engrudo, Formale el cuento a la Vieja, Domadores de suegras, Asaltantes con patente…
Las murgas de Uruguay están ampliamente consolidadas y potencian su vertiente crítica, que muestran con creaciones musicales compuestas para la ocasión. Estas agrupaciones carnavalescas acogen a instrumentistas y voces de sólido prestigio en el país, muchas de ellas con proyección internacional como ha sido El Canario Luna, Emiliano Muñoz, Freddy «El Zurdo» Bessioo Tabaré Cardozo.
Los aires de la chirigota llegaron igualmente a nosotros a través del imaginario alegre que con visos de añoranza portaban los soldados gaditanos destinados a la isla. Ese grupo quiso mostrar su diferencial acento arraigado en tan innegable patrimonio, dando vida en ratos de asueto para compartirlo con sus compañeros. El reciente libro de Carlos García y Guillermo de la Barrera, El Antiguo Tenerife, con testimonios excelentes del fotógrafo y militar Mariano Murga, nos ha legado un compendio de imágenes captadas entre los años 1913 y 1920. Gracias a Murga quedó en sus placas retenido el tiempo, y entre otros instantes nos lleva a la celebración del 8 de diciembre de 1915, la fiesta de la Inmaculada, patrona del Cuerpo de Infantería, en el Cuartel de San Carlos. Los soldados del Regimiento que cumplían ese año con sus obligaciones castrenses conformaron una murga gaditana como explícitamente lo señala Murga en el registro de su colección. Alejandro Carracedo, incansable investigador, ha encontrado libretos musicales de esas murgas, con sus letras, que confirman su intervención en el carnaval santacrucero de aquellos años y que publicará en breve, por lo que solo podemos aquí adelantar lo que de seguro será una excelente aportación, que desde ahora agradecemos.

Conocíamos a través de Ramón Guimerá la edición del libreto de Los Delicados, comparsa dirigida por M. García Lozano, en recuerdo a los marineros del cañonero Laya, que aparece dos años más tarde de la Murga Gaditana de San Carlos, acentuando por tanto la expresión que había llegado a nuestra capital y que pronto va a calar dando paso a las murgas locales, como la de El Flaco, que capitaneó Pedro, vecino de El Monturrio, en la ciudadela El Convoy, espacio que reunió a casi un centenar de familias con sus particulares cuartos y patio colectivo, así como aseos y cocina comunal, cito en la Rambla de Pulido esquina Castro, en la que entre otros célebres chicharreros convivió Consuelito Rodríguez, tabaquera y voz de sólida y original presencia en el folclore isleño, que formo parte de la Agrupación del Hogar del Pensionistas Numero Uno, los Pelirrojo Carasucia, hermanos de los que se decía eran más ruines que la quina y a los que se les incriminó en el asalto al tranvía de 1934. Igual mención merece la de El Chucho, que tuvo larga vida como señala Ramón Guimerá, al confirmar que llegó hasta las Fiestas de Invierno.

Hay mucho que contar de todo eso y cabe señalar que será en la década de los setenta cuando se registre un sólido despegue murgueril al contar, entre otros, con los Chichiriviches, los Piotinos, Los Trasnochados, Los Mamelucos, Bambones, Diablos Locos y, permítanme que cite a Los Singuangos, también de El Duggi, con José Antonio González, otro Flaco, y Juan Ramón Marrero , el Tonucho, dos genios de muchos quilates, que van a despertar aplausos y a sembrar no escasas preocupaciones.

*Todas las fotos de este artículo han sido cedidas por el grupo Fotos Antiguas de Tenerife. El Periódico del Carnaval agradece su aportación.





