La primera fase del Concurso de Murgas Adultas dejó una sensación nítida desde el inicio y se fue confirmando con el paso de las actuaciones: hubo una murga que jugó en otra dimensión. No solo por letras, sino por ambiente, conexión y oficio. Bambones destacó en todo, y esa diferencia se notó tanto dentro del recinto como fuera.
Abrieron Chaladas, que fueron de menos a más. El primer tema acumuló ideas potentes —colas del norte, vivienda, abuso infantil, señales que se repiten cada ciclo electoral— pero con cierta dispersión y algún desajuste de afinación. El segundo, centrado en el miedo y en la necesidad de perderlo, fue otra cosa: más ordenado, directo y valiente. Ahí apareció su mejor versión, segura y sin miedo a incomodar.
Y entonces llegó el punto de inflexión de la noche.
Bambones irrumpieron como un terremoto. Un manual de instrucciones “por si esto explota”, kits de emergencia, estampitas de Rosa Dávila, guiños a la especulación, a la gestión de las crisis y a la sanidad pública. Sarcasmo, ironía y crítica reconocible, cantada rápido, mucho y con precisión. El golpe de humor del sorteo del sistema sanitario y el manejo del ritmo marcaron diferencias claras. No fue solo lo que dijeron, fue cómo lo dijeron. Lo suyo no es suerte: es talento, trabajo y un conocimiento profundo del concurso. Y ocurrió algo revelador: en el interior del Recinto Ferial se oía en varios momentos más al público cantando el pasacalles de Bambones que a la propia murga desde dentro, pese a todo el despliegue técnico del escenario. Potente.
Tras ellos, Jocikudas apostaron por un discurso duro, cargado de pesimismo y acumulación de temas que terminó diluyendo el mensaje, especialmente en el segundo tema. Hubo coordinación de movimientos y esfuerzo evidente tras un año complicado, pero faltó emoción y conexión para que lo que se cantaba terminara de llegar.
En la misma línea de intensidad sin traducción clara en el resultado se movieron Desatadas. Un primer tema serio y muy directo, sin aportar una mirada nueva, y un segundo que buscó el humor pero se quedó más hablado que cantado. El cierre, abordando el cáncer, levantó aplausos sinceros, aunque más por respeto que por fuerza de letra, dejando la sensación de que el impacto fue más emocional que artístico.
Las murgas de primer año también tuvieron su espacio. Malcriadas mostraron corrección y ganas, pero sin encontrar aún un estilo propio. Crítica genérica, encadenada, y un segundo tema musicalmente monótono. Proceso lógico de quien empieza, con camino por recorrer para definir identidad.Cerraron la fase Triqui Traques, pidiendo permiso para quitarse el tocado entraron ya con empatía del público. Comenzaron con una propuesta cargada de ideas y largas retahílas, marionetas, incomprendidos y muchos temas por letra. La vocalización irregular y el ritmo acelerado dificultaron la comprensión, con voces poco compactas y músicas de corte antiguo. El pasacalles y la despedida, eso sí, dejaron un poso de nostalgia que conectó con la memoria murguera.

A medida que avanzaba la noche, el recinto fue perdiendo público, algo habitual en fases largas. El ambiente fue agradable, sin crispación. Conversaciones tranquilas, risas, comentarios cruzados y la sensación poco habitual de salir pasada la una de la madrugada sin desgaste, con el eco de una actuación que marcó la noche.
Fue una primera fase desigual, con discursos que necesitaron orden y una murga que, sin discusión, marcó el paso del concurso. Cuando letras, ejecución y ambiente caminan juntas, no hay comparación posible.
El concurso acaba de empezar. Pero hay fases que ya dejan claro quién sabe exactamente a qué ha venido.





